Cultura Cafetera Colonización Antioqueña

Los orígenes de la caficultura en la región se sitúan en la segunda mitad del siglo XIX, con la colonización de nuevas tierras en la zona antiguamente conocida como el Viejo Caldas, el norte del Tolima y el nororiente del Valle del Cauca por parte de familias provenientes de Antioquia.

Las particularidades de este proceso de colonización estuvo basado principalmente en la utilización de mano de obra familiar y generaron un modelo de tenencia de la tierra cimentado en la pequeña y mediana propiedad. La importancia del núcleo familiar y la predominancia campesina permearon la estructura socioeconómica de la región y constituyen parte fundamental de la esencia de este paisaje cultural.

La caficultura se desarrolló como una actividad que permitía el uso intensivo de los dos factores de producción a disposición de los productores: tierra y trabajo. Igualmente, esta actividad hizo posible que los campesinos buscaran una fuente de ingresos monetarios sin sacrificar sus cultivos de subsistencia, como el maíz, el frijol y las hortalizas.

Al momento de su llegada, los nuevos habitantes supieron adaptarse a las dificultades del entorno, articulando elementos que existían en el territorio y creando otros complementarios para el desarrollo de la actividad productiva y la vida en comunidad. Estos elementos determinaron la dinámica del paisaje vivo de la región.

En el proceso de colonización antioqueña las fundaciones de poblaciones a distancias relativamente cercanas conformaron una red en las dos márgenes del río Cauca, que, con el desarrollo de los caminos y ferrocarriles, crearon una sólida red geográfica y cultural para la región que generó un alto impacto en la cultura y en la economía de todo el país. Durante el proceso de colonización antioqueña se fundaron 86 poblaciones (en 120 años) en más de un millón de hectáreas (Fonseca y Saldarriaga 1984). La presencia de población de tradición indígena durante este proceso no solo se refleja en la actual existencia de resguardos indígenas en Riosucio y Quinchía, sino en el cultivo y manejo de la guadua, una de las manifestaciones de la cultura indígena, adoptada en las técnicas constructivas de la mayor parte de las poblaciones y viviendas rurales del Paisaje Cultural Cafetero. Se trata sin duda de un proceso de colonización cuyo dinamismo, intensidad, integración al paisaje y uso del conocimiento ancestral generó un nuevo paisaje productivo en un excepcionalmente corto periodo de tiempo.

Igualmente, la colonización trajo consigo el establecimiento de comunidades que con los años se convirtieron en pueblos, muchos de los cuales fueron ubicados en los filos de las montañas y en sus laderas. De la mano del café, se incorporaron al paisaje elementos ligados a su transporte y comercialización como la arriería y las mulas, para luego dar paso a medios más modernos y eficaces como lo fueron el cable aéreo de Manizales – Villamaría – Mariquita (1922), el Cable aéreo Manizales – Aranzazu (1929) y el Ferrocarril de Caldas (1927). De esta forma el paisaje se fue transformando y adquiriendo las características únicas que hoy lo identifican.

A través del cultivo, beneficio y comercialización de café se creó una fuente sostenible de ingresos para los productores y sus familias, situación que facilitó la creación y expansión de mercados internos y sustentó el desarrollo de una región y cultura cafetera.

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